Clara había cambiado de pareja tres veces en los últimos años. En cada relación se prometía que esta vez sería diferente, pero el guion se repetía: al principio, entusiasmo y conexión; luego, ansiedad, miedo al abandono y discusiones cada vez más intensas. No entendía por qué, pese a elegir personas distintas, terminaba siempre en el mismo punto. Hasta que descubrió que su forma de amar no era fruto del azar, sino de su historia.
Nuestro estilo de apego es como un mapa emocional que dibujamos en la infancia y seguimos, a veces sin darnos cuenta, en la adultez. Pero los mapas pueden actualizarse: no estamos condenados a repetir, sino invitados a comprender y sanar.
Historia de la investigación del apego
El psicólogo británico John Bowlby fue pionero en el estudio del apego al observar que los niños no solo buscaban alimento o abrigo de sus cuidadores, sino sobre todo seguridad emocional. Tras la Segunda Guerra Mundial, Bowlby estudió a menores separados de sus padres y comprobó que la falta de un vínculo estable producía angustia, retraimiento y dificultades para establecer relaciones futuras. En su teoría del apego (Bowlby, 1969), describió cómo el cerebro infantil desarrolla un sistema de apego que impulsa al niño a buscar proximidad con las figuras que le ofrecen protección. Este sistema actúa como un regulador biológico del estrés: cuando el cuidador está disponible y responde, el sistema se calma; cuando no, se activa la ansiedad o la evitación.
Años después, su colaboradora Mary Ainsworth profundizó en estas ideas con el famoso experimento de la Situación Extraña (Ainsworth et al., 1978). En un laboratorio, observó cómo bebés de un año reaccionaban ante tres momentos clave: la presencia de la madre, la entrada de un extraño y la breve separación de la figura de apego. Al analizar sus conductas —búsqueda de contacto, llanto, exploración, evitación—, Ainsworth identificó tres patrones principales: apego seguro (el niño se calma al reunirse con la madre), ansioso-ambivalente (busca contacto pero no se tranquiliza) y evitativo (minimiza el contacto o lo rechaza). Décadas después, otros autores añadirían el tipo desorganizado, caracterizado por respuestas contradictorias fruto de experiencias tempranas de miedo o abuso.
Tipos de apego en la adultez
Los estilos de apego en la adultez, enraizados en las experiencias de la infancia, influyen de forma significativa en las relaciones interpersonales, especialmente las románticas. Se clasifican en seguros e inseguros, siendo estos últimos de tipo ansioso, evitativo y desorganizado. Cada estilo afecta de manera distinta la dinámica relacional, el bienestar emocional y la salud mental. Comprenderlos aporta una valiosa clave para mejorar la satisfacción y estabilidad de las relaciones.
Apego seguro: Las personas con apego seguro suelen disfrutar de relaciones más satisfactorias y estables. Son más competentes en la regulación emocional, afrontan mejor el estrés y desarrollan vínculos de apoyo más sólidos (Ludwikowska-Świeboda, 2022; Volling et al., 1998). Además, quienes presentan este estilo informan mayores niveles de felicidad y seguridad en sus vínculos románticos, y tienden a mantener relaciones más duraderas (Ouyang, 2025; Volling et al., 1998). En el matrimonio, las parejas doblemente seguras muestran más amor, menos ambivalencia y una mayor integración social, lo que contribuye también a una crianza más competente (Volling et al., 1998).
Apego ansioso: Este estilo se caracteriza por una elevada dependencia emocional y una fuerte necesidad de aprobación. Las personas con apego preocupado experimentan gran angustia ante la separación o ruptura, y muestran un patrón de hipervigilancia emocional (Ouyang, 2025; Sacoto et al., 2024). Se asocia con una mayor probabilidad de dependencia afectiva, siendo el apego preocupado un predictor relevante de la necesidad de apoyo constante (Sacoto et al., 2024). Asimismo, correlaciona positivamente con la dimensión de dependencia en las relaciones, indicando un deseo intenso de cercanía (Žvelc, 2010).
Apego evitativo. Quienes presentan este estilo tienden a negar su necesidad de conexión, mostrándose autosuficientes y evitando la intimidad emocional (Žvelc, 2010). Tras una ruptura, suelen experimentar bajo nivel de malestar, priorizando la independencia sobre la cercanía (Ouyang, 2025). Sin embargo, esta aparente fortaleza puede ocultar miedo a la vulnerabilidad, lo que dificulta el desarrollo de la confianza y la reciprocidad emocional (Volling et al., 1998).
Apego desorganizado. Combina el anhelo de cercanía con el temor al rechazo, generando una tensión constante entre la dependencia y la evitación (Žvelc, 2010). Las personas con este patrón presentan una mayor tendencia a la dependencia emocional y a sentimientos de vergüenza (Sacoto et al., 2024). Este estilo predice mayor inestabilidad relacional y dificultades emocionales (Ouyang, 2025).
Los estilos de apego determinan cómo gestionamos el conflicto, la retroalimentación emocional y la satisfacción en la pareja (Sun, 2025). El apego seguro favorece la resolución positiva de conflictos y una comunicación más empática (Sun, 2025), mientras que los apegos inseguros —ansioso y evitativo— se asocian con menor satisfacción y mayor probabilidad de ruptura (Coleman, 2019). No obstante, es importante considerar factores culturales, familiares e individuales que modulan estos efectos. La investigación actual también explora los correlatos neurobiológicos y culturales del apego, ofreciendo nuevas vías para fortalecer la calidad de las relaciones (Khadka, 2022; Zhou, 2025).
Tipos de apego y correlatos neurológicos
En la adultez, estos patrones siguen influyendo en nuestra vida amorosa, laboral y social. Los estilos de apego inseguros, que se desarrollan a partir de las primeras interacciones con los cuidadores, tienen correlatos neurobiológicos significativos que impactan en la salud mental.
Estos estilos —evitativo, ambivalente y desorganizado— están vinculados con alteraciones en regiones cerebrales responsables de la regulación emocional y la respuesta al estrés. Las áreas clave implicadas son la amígdala, el hipotálamo y la corteza prefrontal, esenciales para el procesamiento emocional y del estrés. Estas diferencias neuronales contribuyen al desarrollo de problemas de salud mental, como ansiedad, depresión e incluso psicosis, al afectar la regulación emocional y las relaciones interpersonales.
Amígdala y respuesta al estrés: la amígdala, encargada de procesar emociones como el miedo, muestra una actividad alterada en personas con estilos de apego inseguros, lo que genera reacciones emocionales intensas y dificultad para manejar el estrés (Naveed et al., 2020; Kim et al., 2020).
Corteza prefrontal y regulación emocional: la corteza prefrontal, implicada en la gestión emocional, puede presentar menor actividad o conectividad en individuos con apego inseguro, afectando su capacidad para regular las emociones de manera adaptativa (Naveed et al., 2020).
Hipotálamo y regulación hormonal: el hipotálamo interviene en la liberación de hormonas del estrés; su disfunción se asocia con apego inseguro y puede contribuir al estrés crónico y la ansiedad (Naveed et al., 2020; Debbané et al., 2016).
Tipos de apego e impacto en la salud mental
Impacto en la salud mental: los estilos de apego inseguros se relacionan con niveles más altos de depresión y ansiedad. Personas con apego ansioso o evitativo reportan significativamente más síntomas que aquellas con apego seguro (Ma, 2024; Ludwikowska-Świeboda, 2022). El apego inseguro también amplifica la autocrítica y la respuesta de amenaza, evidenciada por una mayor activación de la amígdala ante pensamientos autocríticos (Kim et al., 2020). Además, puede incrementar el riesgo de psicosis al afectar vías neurodesarrollativas dopaminérgicas y oxitocinérgicas, así como mecanismos de neuroinflamación (Debbané et al., 2016).
Fortalecer la seguridad del apego mediante intervenciones basadas en la relación puede mejorar los resultados en salud mental. Estrategias como el apoyo a la crianza y las terapias centradas en desarrollar un apego seguro reducen el riesgo de trastornos psicológicos (Clery et al., 2021; Demian, 2022). El apego seguro actúa como un factor protector que fomenta la resiliencia y el afrontamiento eficaz ante el estrés (Ginalska & Cichopek, 2024; Ludwikowska-Świeboda, 2022). Comprender los mecanismos neurobiológicos del apego permite diseñar terapias más precisas para mejorar la regulación emocional y la resiliencia, subrayando el carácter dinámico y transformable del apego a lo largo de la vida.
¿Por qué siempre atraemos al mismo tipo de persona?
A menudo creemos que elegimos libremente a nuestras parejas, pero la ciencia del apego muestra que nuestras elecciones están influidas por los modelos internos que se formaron en la infancia. Estos modelos actúan como filtros inconscientes que nos hacen sentir familiaridad —y, por tanto, atracción— hacia ciertos patrones relacionales. Por eso, las personas con apego ansioso tienden a sentirse atraídas por quienes refuerzan su necesidad de aprobación o validación, mientras que las de apego evitativo pueden sentirse cómodas con parejas emocionalmente distantes que confirman su idea de autosuficiencia.
Según investigaciones recientes (Simpson & Rholes, 2017; Gillath et al., 2019), el cerebro busca en la pareja señales de seguridad o amenaza que coinciden con lo aprendido en los primeros vínculos. Cuando el otro reacciona de manera similar a una figura de apego pasada —por ejemplo, siendo inconsistente o rechazante—, se activa una respuesta emocional intensa que confunde lo familiar con lo “correcto”. Este fenómeno, conocido como repetición relacional, explica por qué muchas personas repiten relaciones que terminan de la misma forma, aunque deseen resultados distintos.
Por ejemplo, una persona con apego ansioso que creció con un cuidador impredecible puede sentirse atraída por alguien emocionalmente distante o intermitente, porque esa dinámica le resulta familiar. Aunque racionalmente sabe que sufre, su sistema de apego interpreta esa intermitencia como “amor”. Del mismo modo, alguien con apego evitativo que tuvo figuras invasivas o críticas puede sentirse cómodo con parejas que mantienen la distancia o evitan la intimidad, lo que refuerza su creencia de que depender de otros es peligroso. Estos patrones no son elecciones conscientes, sino ecos emocionales del pasado que buscan repetirse para encontrar una resolución diferente.
El cambio comienza al hacer consciente este patrón. La terapia y las relaciones seguras ofrecen oportunidades de “reaprendizaje emocional”, donde nuevas experiencias de cuidado, respeto y confianza van reemplazando las viejas asociaciones de amenaza o abandono. Así, dejar de atraer el mismo tipo de persona no significa cambiar de entorno, sino cambiar la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
Tratamiento psicológico para los estilos de apego inseguros
Las aproximaciones terapéuticas dirigidas a las personas con estilos de apego ansioso son diversas y se adaptan a los desafíos particulares que este patrón plantea. El apego ansioso se caracteriza por un miedo intenso al rechazo y un fuerte deseo de cercanía, lo que suele generar dependencia emocional y malestar. Las terapias más eficaces se centran en crear una base segura, mejorar la regulación emocional y fortalecer las relaciones interpersonales.
Terapia Focalizada en las Emociones (EFT): basada en la teoría del apego, la EFT busca reestructurar los patrones de interacción negativos abordando las necesidades de apego insatisfechas. Ha demostrado disminuir significativamente la ansiedad y la evitación específicas de la relación, aumentando la satisfacción y la seguridad en la pareja (Johnson & Whiffen, 1999; Moser, 2012). Esta terapia ayuda a las parejas a identificar y expresar sus necesidades emocionales, fomentando una base segura y una conexión más profunda. También resulta eficaz en el tratamiento del malestar relacional y del trastorno de ansiedad generalizada en parejas (Priest, 2013).
Terapia de grupo: ofrece un entorno de apoyo donde las personas con apego ansioso pueden explorar sus emociones y vínculos. La cohesión grupal actúa como una base segura que ayuda a regular las emociones y mejorar la capacidad reflexiva (Marmarosh & Tasca, 2013). La evidencia clínica muestra que la terapia grupal produce cambios positivos en la ansiedad de apego, los síntomas depresivos y las relaciones interpersonales, especialmente en personas con condiciones coexistentes como el trastorno por atracón (Marmarosh & Tasca, 2013).
Terapia cognitivo-conductual (CBT) con procesamiento interpersonal y emocional: la combinación de CBT con terapia de procesamiento emocional e interpersonal (CBT + I/EP) ha mostrado eficacia en individuos con ansiedad generalizada y apego ansioso. Esta integración aborda los aspectos emocionales e interpersonales de la ansiedad, reduciendo significativamente los síntomas (Newman et al., 2015). La adición de escucha de apoyo en la CBT (CBT + SL) también aporta beneficios, aunque los efectos sobre la ira relacionada con el apego tienden a ser más transitorios (Newman et al., 2015).
Psicoterapia individual: las sesiones individuales adaptadas al estilo de apego pueden mejorar la autoexpresión y la participación terapéutica al proporcionar seguridad y abordar los temores de rechazo. Se recomienda que los terapeutas ajusten sus estrategias según la dinámica del apego del paciente, fortaleciendo la alianza terapéutica (Ellington, 2024). La relación terapéutica en sí misma funciona como una base segura que permite al cliente explorar y modificar sus modelos internos de sí mismo y de los demás, aspecto clave en el tratamiento del apego ansioso (Sable, 1994).
Si bien estas intervenciones resultan eficaces, es esencial considerar las diferencias individuales y las necesidades específicas de cada persona con apego ansioso. Los terapeutas deben estar formados para reconocer y adaptarse a los diversos estilos de apego, garantizando intervenciones personalizadas y efectivas. La investigación futura debería explorar la intersección entre los estilos de apego y factores culturales o socioeconómicos para optimizar los resultados terapéuticos (Ellington, 2024).
Bibliografía
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